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Qué pasa por la mente de un microempresario

Un día cualquiera, durante un distendido almuerzo con los compañeros de trabajo, salió a la palestra un interesante tema que me gustaría compartir con ustedes, con la finalidad de abrir un debate abierto y propositivo al respecto. Las preguntas que nos surgían, en ese momento, eran del siguiente tenor:

¿Qué pasa por la mente de un microempresario cuando ve que esa gran oportunidad que visualizó, no era tal?, ¿qué pasa por su cabeza cuando se da cuenta de que sus sueños no se convirtieron en realidad?, ¿qué pasa con él cuando toma razón de que toda su inversión de tiempo y dinero se perdió en el vacío? y especialmente ¿que piensa, cuando saca la cuenta de que todo el esfuerzo que significó hacer su negocio como Dios y la ley mandan -vale decir, con todos sus papeles al día, con todos los trámites que significó, por ejemplo, constituir una sociedad con sus amigos, hacer inicio de actividades, timbrar esas penosas 4 ó 5 facturas que le permitirían empezar a trabajar por ese sueño que esperaba concretar-, todo eso no fue más que una soberana pérdida de tiempo?

Es muy probable que el sentimiento que albergue dicho empresario no sea otro que una profunda frustración. Pero eso no es lo peor. Lo terrible es que nuestro sistema actual, en vez de tenderle una mano para que se levante y vuelva a emprender, hace todo lo posible por poner una serie de trabas para cerrar ese triste episodio de su vida, lo obliga a volver a invertir para disolver la sociedad, que con tanto esfuerzo generó, lo obliga a cerrar giro ante el Servicio de Impuestos Internos, lo obliga a devolver las pocas facturas que le timbraron, etc.

¿A qué lleva esto? A que ese microempresario, que una vez quiso batírselas en el mercado con todos sus papeles al día, la próxima vez que quiera emprender probablemente lo haga desde la informalidad, con todo el castigo que el sistema público y el privado dan a quienes se encuentran en dicha condición, incluyendo las mínimas posibilidades de acceder a financiamiento, capacitación, asistencia técnica o a trabajar en redes, lo que trae como consecuencia la prácticamente nula capacidad de fortalecer su idea de negocio.

¿Por qué no somos capaces de otorgar a estos emprendedores un período de gracia, de un año o más, que les permita corroborar que esa oportunidad que detectaron o creyeron detectar efectivamente es tan espectacular como ellos la soñaron, o por lo menos que vale la pena seguir trabajando en ella, sin que eso genere la angustia de tener que cumplir con todos los trámites mencionados? ¿Por qué no generar una especie de preinscripción de empresas en los registros del Estado, que dé la oportunidad, no de dejar de cumplir con sus obligaciones, sino de postergar el pago de éstas para un período posterior, en el cual ya cuenten con el flujo de ingresos necesario para financiar sus costos?

Tengo el firme convencimiento de que una medida orientada a este tema incentivaría a muchas más personas a emprender y, especialmente, daría nuevos aires a aquellos empresarios que alguna vez tuvieron un sueño sin cumplir. Les devolvería la confianza para volver a soñar.

Desde ya, queda abierto el debate.


Rodrigo Urquieta

Publicista