
Ser emprendedor, en Chile, es una verdadera prueba de perseverancia y paciencia. Académicos, autoridades y empresarios han debatido mucho al respecto, pero aún no existe una clara apuesta país en esta materia, una suma de voluntades que realmente ayude a quienes inician un emprendimiento.
Es cierto que en los últimos diez años ha habido recurrentes esfuerzos destinados a generar entornos favorables para que quienes distinguen oportunidades de mercado puedan concretarlas de manera sólida y oportuna.
Son indiscutibles, al menos desde el punto de vista de CMC, los avances logrados en muchos campos y desafíos asociados al emprendimiento y la competitividad. Sin embargo, esos avances mantienen una connotación sectorial, están desconectados unos de otros y no logran involucrar a la sociedad en su conjunto.
Chile ha enfrentado dos crisis globales (1998 y 2008), con un impacto muy negativo en nuestro mercado laboral y tasas de desempleo sobre dos dígitos, que han obligado a la búsqueda de alternativas para miles de cesantes. El emprendimiento ha sido una de ellas, y así lo han entendido los gobiernos, con una inversión significativa en programas para la creación de unidades de negocio, que permitan por esta vía la autogeneración de trabajo.
En CMC Soluciones llevamos más de seis años trabajando en el mismo sentido que la actual política pública de fomento productivo, que para nosotros se traduce en un trabajo constante en la expansión de las capacidades emprendedoras de las personas y en el fortalecimiento de la competitividad territorial.
A partir de este conocimiento y experiencia, no podemos dejar de manifestar nuestra inquietud ante la ausencia de sentido colectivo tras esa política, pues una apuesta de su naturaleza requiere necesariamente del esfuerzo del país en su conjunto para obtener frutos estructurales.
Porque muchas veces, en el mundo del emprendedor, las pequeñas barreras pueden marcar la diferencia entre la realización o no de su negocio. Lo que para las empresas constituidas son requisitos del sistema, para el emprendedor son obstáculos.
No es posible que, en Chile, quien desee emprender deba someterse a la misma estructura normativa de negocios consolidados y que cuentan con la madurez para sobrellevar un sistema poco flexible y muy exigente.
Podríamos analizar muchas de las barreras, pero basta con observar lo que implica formalizar un negocio en nuestro país. Entre las empresas de menor tamaño (el segmento preferente de la política de fomento productivo), existen tres informales por cada formalizada. Y esta informalidad puede entenderse como una opción ante los obstáculos que presenta el sistema.
En cada institución pública que participa en el proceso de formalización, se establece un conjunto de procedimientos y acreditaciones que no toman en cuenta el carácter exploratorio implícito en la puesta en marcha de cualquier negocio.
Tampoco consideran su tamaño relativo, el grado de información del emprendedor, los costos asociados y otros factores.
¿Y qué decir de consideraciones respecto a la calidad del negocio, la pertinencia de las políticas de fomento productivo o el impacto en el mercado laboral?
Simplemente, son materias que quedan pendientes para el Chile del futuro.
Álvaro Carrasco Pérez
CMC Soluciones